-¡Georgia!- Ahí está. La voz de mi madre me taladra los
tímpanos y provoca que poco a poco me incorpore y me quede sentada en la cama
durante unos segundos hasta que, finalmente, me decido a saltar de la misma.
Me llamo Georgia Ahmstrom, tengo dieciocho años, una hermana
gemela llamada Alana y soy adoptada y...¡Ah si! Y soy un zombie. Para que quede
claro, yo no fui un zombie toda mi vida, de hecho, nací siendo humana. Sin
embargo todo eso cambió cuando mi hermana y yo teníamos….bueno, no recuerdo
cuantos años tenía, pero mis padres nos trajeron a lo que es nuestro actual
hogar y nos adoptaron.
Abro la puerta del armario y cojo lo primero que veo. Entro
en el baño de la habitación y me visto rápidamente, me peino y me miro en el
espejo. La camiseta negra parece más grande en mi delgado cuerpo. La falda a
cuadros rojos y negros contrasta con mi piel azulada. Las ojeras que rodean mis
ojos grises y la coleta alta en el cabello blanco me dan un aire desarreglado.
Salgo del baño y me enfundo las botas militares antes de
bajar al piso de abajo.
Una vez en la cocina me sirvo un bol de cereales, le doy un
beso de buenos días a mi padre y me siento a la mesa.
-Tengo que ir a la peluquería, las raíces pelirrojas
empiezan a notarse.-
Aquí un punto importante. Los humanos creen que nosotros los
zombies, comemos cerebros, o carne humana, pero para ser sincera eso resulta
repugnante. Comemos lo que comen los humanos, aunque en mucha menor cantidad
que ellos, y tampoco tiene tan buen sabor.
-¿Dónde está Alana?-
-Ha salido un momento.- Responde mi padre levantando la
vista por encima de “Crepúsculo” un estúpido libro humano que se me asemeja más
a las telenovelas de los mismos que a la realidad vampírica. –Estos humanos son
tan ignorantes como aterradores.-
-Uhmm…Yo más bien diría estúpidos. Estúpidos y fascinantes.-
Digo mientras apuro el bol de cereales.- Voy arriba, cuando llegue Alana dile
que suba.-
Mi hermana es la persona que más quiero en el mundo. Como
todos los hermanos, tenemos nuestras diferencias, pero estoy segura que al lado
de los de otros hermanos, nuestros problemas son, cuanto menos,
insignificantes. Por alguna razón que aún desconozco, después de nuestra
“zombificación” mi piel adquirió un tono azulado claro, además de las otras
marcas de los zombies, como la cicatriz de mi muerte en el cuello, el poco peso
o las exageradas ojeras. Sin embargo, mi hermana apenas cambió y su aspecto es
demasiado humano, por eso, todas las mañanas, maquillo a mi hermana, le tiño
todo el cuerpo para poder disimular eso y así evitarle problemas.
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