jueves, 29 de marzo de 2012

Día 1 (II)


Venga. Y ahora, otro día más de instituto. Es algo que no entiendo y que creo que jamás seré capaz de entender, es decir ¿para qué ir al instituto?¿para aprender  ganarnos la vida en un futuro? Supongo que es algo que tiene sentido para los humanos, pero no para mi. Yo ya estoy muerta, aunque no trabaje, aunque no tenga que comer, no voy a morirme; aunque si es cierto que con estudios puedo mantener un cierto nivel de “vida”.
Como siempre, mi hermana ha salido de casa antes y yo camino por las calles con demasiada lentitud, con demasiada pereza. He de decir que, por lo general, soy bastante activa, pero por las mañanas soy incapaz de hacer nada sin pereza.

Unos metros por delante de mi casa, me encuentro con Johan; un hombre lobo con grandes ojos ambarinos y con el largo cabello rubio recogido en una coleta baja. Johan es el típico chico que levanta pasiones allá donde va y no, no es mi novio. Johan es mi mejor amigo.
-Llegas tarde- Me dice arrugando la nariz en una mueca de desagrado. – Como siempre.-

-Y tu me esperas, como siempre. Buen perro.- Johan me dedica media sonrisa, mostrando sus afilados y blancos colmillos.- ¿Cómo te fue anoche con el chico aquel?

Mientras caminamos, Johan parlotea sobre su último ligue, un chico brujo que está dos cursos por debajo de nosotros, si no que equivoco se llama Sean, si no me equivoco. Yo por mi parte opino de vez en cuando y hago algunos comentarios banales.

Finalmente llegamos al instituto. Busco con la mirada a Alana, pero como de costumbre, ella ha llegado antes que yo y no la encuentro.

-¿Sabes que?- Le digo a Johan de repente. –La verdad es que no tengo ganas de ir a clase hoy y creo que me iré a dar una vuelta ¿Te vienes?-
El me mira con expresión dudosa unos instantes y finalmente suspira.

-No puedo. Me iría contigo, pero le prometí a Sean que estaría con el en el recreo-
Arrugo la nariz y seguidamente le dedico una pequeña sonrisa.

-Muy bien. Disfruta con tu novio entonces. Nos vemos…¿Esta noche?.- Todos los viernes por la noche, Johan y yo salimos, a veces viene mi hermana con nosotros, a veces no, pero la cuestión es que todos los viernes nos vamos de fiesta juntos.
-Por supuesto.- Contesta él antes de desaparecer dentro del edificio del instituto.

Rápidamente,  me alejo de mi instituto, llegando hasta un pequeño parque. Me compro un helado y suelto la mochila junto a los columpios antes de sentarme en uno de ellos a disfrutar de mi mañana libre. Y es entonces cuando pasa alguien conocido por delante del parque.
-¿Alana?-

Día I (II)

Un día más de instituto. Lo que quiere decir que mi hermana me tiene que maquillar, pero no la cara ni los labios ni los ojos, sino toda la piel. Ponerme un tono amoratado, para parecer que me han matado a golpes. Dibujarme algo de ojeras, para parecer cansada de la vida.
Siempre hago lo mismo todas las mañanas: despotricar contra toda criatura mientras Georgia pacientemente me mantiene quieta y me aplica los polvos de maquillaje.
-          En serio, acabaré pegando a medio instituto.
-          Si es que no lo has hecho ya. – Me replica ella, con una disimulada sonrisa.
Después nos arreglamos juntas el pelo. Ella, con el pelo blanco y largo, que se suele teñir cada equis tiempo, y yo, con el pelo no tan largo, negro y rojo, y con una pequeña zona más corta que la otra, creando un estilo algo funk o punk.
Nos miramos al espejo, como comparando nuestros parecidos. Y es que, siempre hay algo que me hace más humana que al resto. Por ejemplo, mi piel clara que tengo que pintar, mis ojos heterocromáticos, y que tengo más piel que hueso. No quiero decir que seamos anoréxicas, pero cuando el cuerpo no necesita generar tanta glucosa ni proteínas, solo tenemos lo justo y necesario para parecer personas sanas.
Evito poner cualquier tipo de cara larga delante de mi hermana y el espejo, por lo que me coloco bien los piercings, me miro los tatuajes que estén en perfecto estado, me pongo la chaqueta y salgo dejando atrás a mi hermana.
No suelo entrar con ella al instituto por mi orgullo. Mi orgullo y el de ella, aunque éste último en segundo caso. Es humillante cómo nos miran, mejor dicho, cómo miran a mi hermana, y seguidamente a mí, como preguntándose ‘Vaya, ¿de verdad esa cosa es uno más de nosotros?’ comparándonos por unos segundos, dándose cuenta incluso de que estoy maquillada.
Hay mañanas en las que pierdo los estribos y empiezo una pelea, de la que casi siempre acaban siendo más contra mí y metiendo a mi hermana de por medio.
Por eso, dejé de ir junto a ella todas las mañanas, y todas las vueltas también.
Mi jornada en el instituto es aburrida, solo se basa en asistir y hacer deberes y trabajos. Por el resto, vivo entre humanos adictos a la droga y al tabaco, inútiles que no se dan cuenta de lo que soy, y que, en cierta forma, me hacen sentir viva y hasta querida, por ser su depósito de droga.
Esta mañana estoy extrañamente de buen humor, por lo que camino aminorando el paso con el reproductor de música enchufado a mis oídos, repasando en la mente cada bolsita de droga que me queda por vender. En mitad del camino me encuentro con Lea, un extraño espíritu que por causas de la vida ha llegado a ser una amiga.  Conversamos, logró sacarme un par de sonrisas tímidas y se quedó en su habitual parada, donde su espíritu ya no le permite ir.
Lea. Esta chica siempre me ha parecido interesante. Y puede que por puro egoísmo, por miedo a perderla, no le quiera ayudar a completar su fin y que se vaya en paz.
-          Los ojos pesan más que ayer, se han abierto para verte… cuando no buscaba a nadie’…
Canturreo, sin darme cuenta de que ya estoy en medio de la multitud del instituto. Noto que algunos se percataron de mi existencia, que me han mirado, tal vez para reírse de mí en su interior, tal vez para preguntarse de qué grupo es esa letra, tal vez para romper la monotonía de los pasillos. 


Ya en clase, comprendo que no daremos nada nuevo, que será lo mismo de siempre, por lo que, tranquilamente, abandono la clase antes de que la profesora llegue.
Paseo por los pasillos recién desalojados, posando mi mano en cada cristal, saboreando el frío que despierta en la mano. Canturreo en mi cabeza, distraída, mientras me dirijo a la salida de atrás, de forma que acabo dando un rodeo al edificio para perder tiempo.
En lo que camino ya fuera de la instalación, abro mi mochila por un costado y sonrío en mi interior al notar el tacto de una de mis particulares bolsitas. 'Bien, puedo sacar provecho del día' me digo, algo más animada. 
Llego a un pequeño parque que no está muy lejos, verde, acogedor; ni tan siquiera tiene más de un juego de columpios y un tobogán. Paso de largo y me sitúo enfrente del parque, donde yace unos árboles característicos de nuestros bosques, sentándome; esperando al próximo humano que tenga tanta necesidad de tomar algo de droga como para acercarse a esta zona. 
Me entretengo con el móvil durante un rato, y noto por fin las pisadas arrastradas. No necesito ni levantarme, pues con tirar la bolsita al aire ya hay un fajo de billetes en mis faldas. Y, como algo tenía que romper la monotomía de hoy, escuché la voz de mi hermana.

Día 1 (I)

El despertador suena por quinta vez esta mañana. Estiro el brazo con la intención de apagarlo y vuelvo a acurrucarme bajo las mantas. Lo cierto es que las mantas no son necesarias, pero yo me siento mejor con ellas. No tengo ganas de levantarme, ni de ir al instituto, pero estoy más que segura de que en cualquier momento mi madre me gritará para que me levante.
-¡Georgia!- Ahí está. La voz de mi madre me taladra los tímpanos y provoca que poco a poco me incorpore y me quede sentada en la cama durante unos segundos hasta que, finalmente, me decido a saltar de la misma.

Me llamo Georgia Ahmstrom, tengo dieciocho años, una hermana gemela llamada Alana y soy adoptada y...¡Ah si! Y soy un zombie. Para que quede claro, yo no fui un zombie toda mi vida, de hecho, nací siendo humana. Sin embargo todo eso cambió cuando mi hermana y yo teníamos….bueno, no recuerdo cuantos años tenía, pero mis padres nos trajeron a lo que es nuestro actual hogar y nos adoptaron.

Abro la puerta del armario y cojo lo primero que veo. Entro en el baño de la habitación y me visto rápidamente, me peino y me miro en el espejo. La camiseta negra parece más grande en mi delgado cuerpo. La falda a cuadros rojos y negros contrasta con mi piel azulada. Las ojeras que rodean mis ojos grises y la coleta alta en el cabello blanco me dan un aire desarreglado.
Salgo del baño y me enfundo las botas militares antes de bajar al piso de abajo.


Una vez en la cocina me sirvo un bol de cereales, le doy un beso de buenos días a mi padre y me siento a la mesa.
-Tengo que ir a la peluquería, las raíces pelirrojas empiezan a notarse.-

Aquí un punto importante. Los humanos creen que nosotros los zombies, comemos cerebros, o carne humana, pero para ser sincera eso resulta repugnante. Comemos lo que comen los humanos, aunque en mucha menor cantidad que ellos, y tampoco tiene tan buen sabor.

-¿Dónde está Alana?-

-Ha salido un momento.- Responde mi padre levantando la vista por encima de “Crepúsculo” un estúpido libro humano que se me asemeja más a las telenovelas de los mismos que a la realidad vampírica. –Estos humanos son tan ignorantes como aterradores.-

-Uhmm…Yo más bien diría estúpidos. Estúpidos y fascinantes.- Digo mientras apuro el bol de cereales.- Voy arriba, cuando llegue Alana dile que suba.-


Mi hermana es la persona que más quiero en el mundo. Como todos los hermanos, tenemos nuestras diferencias, pero estoy segura que al lado de los de otros hermanos, nuestros problemas son, cuanto menos, insignificantes. Por alguna razón que aún desconozco, después de nuestra “zombificación” mi piel adquirió un tono azulado claro, además de las otras marcas de los zombies, como la cicatriz de mi muerte en el cuello, el poco peso o las exageradas ojeras. Sin embargo, mi hermana apenas cambió y su aspecto es demasiado humano, por eso, todas las mañanas, maquillo a mi hermana, le tiño todo el cuerpo para poder disimular eso y así evitarle problemas.

Día I

-Bien, aquí tienes. Son cincuenta y cinco dólares. – Digo extendiéndole la coca.
Me da el dinero sin rechistar, dice algo que parece un piropo, coge el pequeño sobre con una bolsita en su interior y se va por donde ha venido, cauteloso. 
Estoy de pie, contando que no falta nada de dinero y me lo guardo en un bolsillo. Un día más, una tarde más que pasará, en este pueblucho humano sin ser descubierta. Ni por los humanos ni por mi familia.

Soy Alana. Alana Ahmstrom. Hija de Dios sabe quién y hermana de Georgia. Somos gemelas. Medias canadienses y además… Zombis. Tiene su gracia, porque parecemos más humanas que ésos despojos de carne descompuesta con que se nos ve en las series de televisión y videojuegos; (Aunque no digo que no me divierta viéndolo).
Vivimos en Zslav, un extraño lugar que está justo en las fronteras de Canadá y Estados Unidos. Recluidos y en medio, se podría decir.
No siento repugnancia ninguna ante estas criaturas. Ni ahora ni nunca. Es más, me fascinan, no sé cómo han podido vivir tanto tiempo tranquilamente, en un ambiente donde podrían ser descubiertos en nada, pues hay criaturas además de zombis que son incluso más horripilantes y con peor aliento que están en mayor peligro de ser descubiertos.

Por suerte, (o por desgracia, según cómo se mire), mi parecido a una humana es demasiado incluso para mis congéneres “sobrenaturales”, así que soy prácticamente una marginada dentro de esta región; y por eso, vivo más con humanos y me aprovecho de ellos, como por ejemplo siendo narcotraficante. Aunque mi cicatriz en el cuello es un tanto llamativo.
Los humanos son un caso aparte. Y creo que me hacen tanta gracia por lo absurdo de  su existencia como de la mía propia. Tal vez me junto tanto con ellos porque en mi interior quisiera ser una más. O simplemente porque gano bastante dinero gracias a ellos.
En nuestra región, los humanos son más bien temidos. ¿Por qué? Pues como se ve en las películas, series de televisión, y a lo largo de la historia, todo aquello que no consideran “normal” ansían por destruirlo. Por supuesto, nadie quiere que le maten sin una razón de peso, y claro, mucho menos nosotros que los evitamos.
Pero en lo que se refiere a mí, más que miedo me tienen asco, por ser una “profanación” de la especie.

Sobre mí, solo puedo decir que soy maestra de la contradicción. Un día quiero camuflarme por completo entre los humanos y al día siguiente ansío que mis congéneres me reconozcan y me den abrazos. Oh, y que a mi hermana nadie le toca un pelo si yo no lo permito.
Mi hermana. Georgia. Es la “persona” que protejo ante todo; le debo mucho. Gracias a ella nuestros congéneres no me han enviado a un laboratorio humano. Es casi como mi heroína, la tengo en un pedestal, vamos. Mi familia. Zombis todos. Georgia y yo somos las únicas que han sido convertidas en monstruitos andantes.