jueves, 29 de marzo de 2012

Día I (II)

Un día más de instituto. Lo que quiere decir que mi hermana me tiene que maquillar, pero no la cara ni los labios ni los ojos, sino toda la piel. Ponerme un tono amoratado, para parecer que me han matado a golpes. Dibujarme algo de ojeras, para parecer cansada de la vida.
Siempre hago lo mismo todas las mañanas: despotricar contra toda criatura mientras Georgia pacientemente me mantiene quieta y me aplica los polvos de maquillaje.
-          En serio, acabaré pegando a medio instituto.
-          Si es que no lo has hecho ya. – Me replica ella, con una disimulada sonrisa.
Después nos arreglamos juntas el pelo. Ella, con el pelo blanco y largo, que se suele teñir cada equis tiempo, y yo, con el pelo no tan largo, negro y rojo, y con una pequeña zona más corta que la otra, creando un estilo algo funk o punk.
Nos miramos al espejo, como comparando nuestros parecidos. Y es que, siempre hay algo que me hace más humana que al resto. Por ejemplo, mi piel clara que tengo que pintar, mis ojos heterocromáticos, y que tengo más piel que hueso. No quiero decir que seamos anoréxicas, pero cuando el cuerpo no necesita generar tanta glucosa ni proteínas, solo tenemos lo justo y necesario para parecer personas sanas.
Evito poner cualquier tipo de cara larga delante de mi hermana y el espejo, por lo que me coloco bien los piercings, me miro los tatuajes que estén en perfecto estado, me pongo la chaqueta y salgo dejando atrás a mi hermana.
No suelo entrar con ella al instituto por mi orgullo. Mi orgullo y el de ella, aunque éste último en segundo caso. Es humillante cómo nos miran, mejor dicho, cómo miran a mi hermana, y seguidamente a mí, como preguntándose ‘Vaya, ¿de verdad esa cosa es uno más de nosotros?’ comparándonos por unos segundos, dándose cuenta incluso de que estoy maquillada.
Hay mañanas en las que pierdo los estribos y empiezo una pelea, de la que casi siempre acaban siendo más contra mí y metiendo a mi hermana de por medio.
Por eso, dejé de ir junto a ella todas las mañanas, y todas las vueltas también.
Mi jornada en el instituto es aburrida, solo se basa en asistir y hacer deberes y trabajos. Por el resto, vivo entre humanos adictos a la droga y al tabaco, inútiles que no se dan cuenta de lo que soy, y que, en cierta forma, me hacen sentir viva y hasta querida, por ser su depósito de droga.
Esta mañana estoy extrañamente de buen humor, por lo que camino aminorando el paso con el reproductor de música enchufado a mis oídos, repasando en la mente cada bolsita de droga que me queda por vender. En mitad del camino me encuentro con Lea, un extraño espíritu que por causas de la vida ha llegado a ser una amiga.  Conversamos, logró sacarme un par de sonrisas tímidas y se quedó en su habitual parada, donde su espíritu ya no le permite ir.
Lea. Esta chica siempre me ha parecido interesante. Y puede que por puro egoísmo, por miedo a perderla, no le quiera ayudar a completar su fin y que se vaya en paz.
-          Los ojos pesan más que ayer, se han abierto para verte… cuando no buscaba a nadie’…
Canturreo, sin darme cuenta de que ya estoy en medio de la multitud del instituto. Noto que algunos se percataron de mi existencia, que me han mirado, tal vez para reírse de mí en su interior, tal vez para preguntarse de qué grupo es esa letra, tal vez para romper la monotonía de los pasillos. 


Ya en clase, comprendo que no daremos nada nuevo, que será lo mismo de siempre, por lo que, tranquilamente, abandono la clase antes de que la profesora llegue.
Paseo por los pasillos recién desalojados, posando mi mano en cada cristal, saboreando el frío que despierta en la mano. Canturreo en mi cabeza, distraída, mientras me dirijo a la salida de atrás, de forma que acabo dando un rodeo al edificio para perder tiempo.
En lo que camino ya fuera de la instalación, abro mi mochila por un costado y sonrío en mi interior al notar el tacto de una de mis particulares bolsitas. 'Bien, puedo sacar provecho del día' me digo, algo más animada. 
Llego a un pequeño parque que no está muy lejos, verde, acogedor; ni tan siquiera tiene más de un juego de columpios y un tobogán. Paso de largo y me sitúo enfrente del parque, donde yace unos árboles característicos de nuestros bosques, sentándome; esperando al próximo humano que tenga tanta necesidad de tomar algo de droga como para acercarse a esta zona. 
Me entretengo con el móvil durante un rato, y noto por fin las pisadas arrastradas. No necesito ni levantarme, pues con tirar la bolsita al aire ya hay un fajo de billetes en mis faldas. Y, como algo tenía que romper la monotomía de hoy, escuché la voz de mi hermana.

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